‘Paparolo’, un pausado alquimista de la materia
Manuel Barreiro (O Grove, 1951), más conocido por ‘Paparolo’, legitima su obra, expuesta en el Colegio de Arquitectos de Santiago de Compostela, con las referencias a su propio pasado y con la historia de una evolución que en aras de provocar una emoción ha ido ganando en intimidad y misticismo.
Tras licenciarse en Ciencias Biológicas e impartir clases en la escuela de Artes de la capital gallega, su punto de mira corre la senda experimental abierta por las vanguardias del siglo XX, en particular la obra de Francis Bacon. La experiencia opresiva que se siente al visitar una obra del artista británico se percibe cuando nos acercamos al ‘Hombre Trepa’, creado en 1996.
Es un hombre reptil, figura obyecta, aislada, despojada de las pocas pretensiones que le quedaban, encerrado en un habitáculo oprimente. Hay que evitar las pasiones egocéntricas para adquirir afectos que impidan al pensamiento encerrarse en sí mismo, puesto que los temores encerrados dentro de nosotros constituyen una prisión. El hacer pictórico de aquel se traduce en la labor escultórica de este. Un trabajo dependiente de series fotográficas permite potenciar los planos, hace que la figura se proyecte en el espacio ocupando sitios en un movimiento que no es real. Es como si el artista esculpiese una fotografía movida. Va desfigurando la imagen para sugerir formas vivas en su expresión. Buen ejemplo es ‘Figura en ambiente de color’, de 1999, donde el autor se sirve de las bandas planas coloreadas que tanto gustaban a los expresionistas abstractos que aquí resaltan la imagen central.
Espíritus selectos se apartan de imágenes cotidianas alterando el orden convencional de determinadas partes del todo; es el sacar de quicio la percepción de una cosa al estilo Baselitz. Tal es el caso de alguna figura de ‘Paparolo’ donde la cabeza no sigue al cuerpo en su actitud o usa una sola pieza dando plena validez a la experiencia diaria.
‘Paparolo’ es un artista independiente. Enemigo de la prisa, de ese minuto que se ha convertido en alta estima para la sociedad. Su consigna es «poco y con calma». Así, sus obras salen a la luz pública tras una larga estación invernal. Como un alquimista de la materia espera a que ésta haya sufrido un lapsus suficiente para su transmutación completa.
Las obras de este artista invoca a Newton en el sentido de que privilegian a la luz blanca. Ya domine en su producción el aluminio pulido, como potenciador de las superficies brillantes, o la tierra cocida, esta última ha sido impregnada de un blanco iluminado suficientemente para que no se pueda ocultar en la noche. Como ejemplo muy gráfico ahí está ‘El vigía. Campo de concentración’, símbolo perenne de la memoria del tiempo.
Fátima Otero Bouza, El Correo Gallego, 19 de mayo de 2000, crítica del la exposición en el Colegio de Arquitectos de Galicia.
‘Paparolo’, un pausado alquimista de la materia
Manuel Barreiro (O Grove, 1951), más conocido por ‘Paparolo’, legitima su obra, expuesta en el Colegio de Arquitectos de Santiago de Compostela, con las referencias a su propio pasado y con la historia de una evolución que en aras de provocar una emoción ha ido ganando en intimidad y misticismo.
Tras licenciarse en Ciencias Biológicas e impartir clases en la escuela de Artes de la capital gallega, su punto de mira corre la senda experimental abierta por las vanguardias del siglo XX, en particular la obra de Francis Bacon. La experiencia opresiva que se siente al visitar una obra del artista británico se percibe cuando nos acercamos al ‘Hombre Trepa’, creado en 1996.
Es un hombre reptil, figura obyecta, aislada, despojada de las pocas pretensiones que le quedaban, encerrado en un habitáculo oprimente. Hay que evitar las pasiones egocéntricas para adquirir afectos que impidan al pensamiento encerrarse en sí mismo, puesto que los temores encerrados dentro de nosotros constituyen una prisión. El hacer pictórico de aquel se traduce en la labor escultórica de este. Un trabajo dependiente de series fotográficas permite potenciar los planos, hace que la figura se proyecte en el espacio ocupando sitios en un movimiento que no es real. Es como si el artista esculpiese una fotografía movida. Va desfigurando la imagen para sugerir formas vivas en su expresión. Buen ejemplo es ‘Figura en ambiente de color’, de 1999, donde el autor se sirve de las bandas planas coloreadas que tanto gustaban a los expresionistas abstractos que aquí resaltan la imagen central.
Espíritus selectos se apartan de imágenes cotidianas alterando el orden convencional de determinadas partes del todo; es el sacar de quicio la percepción de una cosa al estilo Baselitz. Tal es el caso de alguna figura de ‘Paparolo’ donde la cabeza no sigue al cuerpo en su actitud o usa una sola pieza dando plena validez a la experiencia diaria.
‘Paparolo’ es un artista independiente. Enemigo de la prisa, de ese minuto que se ha convertido en alta estima para la sociedad. Su consigna es «poco y con calma». Así, sus obras salen a la luz pública tras una larga estación invernal. Como un alquimista de la materia espera a que ésta haya sufrido un lapsus suficiente para su transmutación completa.
Las obras de este artista invoca a Newton en el sentido de que privilegian a la luz blanca. Ya domine en su producción el aluminio pulido, como potenciador de las superficies brillantes, o la tierra cocida, esta última ha sido impregnada de un blanco iluminado suficientemente para que no se pueda ocultar en la noche. Como ejemplo muy gráfico ahí está ‘El vigía. Campo de concentración’, símbolo perenne de la memoria del tiempo.
Fátima Otero Bouza, El Correo Gallego, 19 de mayo de 2000, crítica del la exposición en el Colegio de Arquitectos de Galicia.