RELIEVES

Primera noticia o verificación: insoportable paisaje el que deriva de los vehículos automotrices a gasolina o gas oil. No hay escape frente a la lógica del ordenador. Es la misma que rige el delirio de la productividad o el tam-tam selvático de la economía de mercado. Coeficiente de penetración aerodinámica, línea en cuña, canción de cuna con una muerte dentro, latigazos para el niño que solloza, penuria mental y física de las mayorías, cristal y acero, alimentos ultracongelados, racionalidad aplastante, contaminación, autoflagelación, ni siquiera Baudelaire, escapismo, no sabe / no contesta, apoteosis del yonky.

No anécdota sino circunstancia reveladora que Manuel Barreiro sea, además de ceramista, biólogo. Destruyamos el tópico a fuerza de repetirlo: la vida tiene su origen en la sagrada turbiedad del limo. Polvo eres y en polvo te has de convertir. Barro del principio y del fin, nada que ver con la falocracia del rascacielos, con el machismo de la especulación, con la erección desesperada que precede a la impotencia.
Por eso tal ver la elección de material humilde cuando, desde la complejidad del conocimiento científico, Manuel Barreiro decide dar el salto hasta el terreno de nadie en el que se desenvuelve la actividad creadora.
Soporte cerámico, vehículo expresivo y campanada original que nos devuelve al encuentro y la reflexión sobre la fugacidad de la historia o la soberbia transitoriedad de arquitecturas habitadas por el tiempo y, en consecuencia, heridas de antemano por el distante fulgor de lo mortal.

El hombre y la vida como dialéctica sin vencedores ni vencidos. Tal vez alguna resonancia oriental, una vaga iconografía faraónica, inmensas y racionales escalinatas que ascienden hasta un mundo imposible, sacerdotal, habitado por oscuros secretos, mientras que el barro revela las huellas del pasado, la falacia inherente a toda forma de poder y nos remite, desde las cálidas geometrías de sus contornos, a la posibilidad de los sentidos como fuentes de placer y de liberación.
Manuel Barreiro apuesta por el rigor expresivo y por la dignificación de un arte, el de la cerámica, que arranca desde la más antigua experiencia del hombre.
Descontado al respecto, creo que el elogio acudirá sin esfuerzo a la conciencia del espectador.

Francisco López Barrios, redactor de TVE, abril de 1989, prólogo de la exposición en la Galería Aldaba, Madrid.

RELIEVES

Primera noticia o verificación: insoportable paisaje el que deriva de los vehículos automotrices a gasolina o gas oil. No hay escape frente a la lógica del ordenador. Es la misma que rige el delirio de la productividad o el tam-tam selvático de la economía de mercado. Coeficiente de penetración aerodinámica, línea en cuña, canción de cuna con una muerte dentro, latigazos para el niño que solloza, penuria mental y física de las mayorías, cristal y acero, alimentos ultracongelados, racionalidad aplastante, contaminación, autoflagelación, ni siquiera Baudelaire, escapismo, no sabe / no contesta, apoteosis del yonky.

No anécdota sino circunstancia reveladora que Manuel Barreiro sea, además de ceramista, biólogo. Destruyamos el tópico a fuerza de repetirlo: la vida tiene su origen en la sagrada turbiedad del limo. Polvo eres y en polvo te has de convertir. Barro del principio y del fin, nada que ver con la falocracia del rascacielos, con el machismo de la especulación, con la erección desesperada que precede a la impotencia.
Por eso tal ver la elección de material humilde cuando, desde la complejidad del conocimiento científico, Manuel Barreiro decide dar el salto hasta el terreno de nadie en el que se desenvuelve la actividad creadora.
Soporte cerámico, vehículo expresivo y campanada original que nos devuelve al encuentro y la reflexión sobre la fugacidad de la historia o la soberbia transitoriedad de arquitecturas habitadas por el tiempo y, en consecuencia, heridas de antemano por el distante fulgor de lo mortal.

El hombre y la vida como dialéctica sin vencedores ni vencidos. Tal vez alguna resonancia oriental, una vaga iconografía faraónica, inmensas y racionales escalinatas que ascienden hasta un mundo imposible, sacerdotal, habitado por oscuros secretos, mientras que el barro revela las huellas del pasado, la falacia inherente a toda forma de poder y nos remite, desde las cálidas geometrías de sus contornos, a la posibilidad de los sentidos como fuentes de placer y de liberación.
Manuel Barreiro apuesta por el rigor expresivo y por la dignificación de un arte, el de la cerámica, que arranca desde la más antigua experiencia del hombre.
Descontado al respecto, creo que el elogio acudirá sin esfuerzo a la conciencia del espectador.

Francisco López Barrios, abril de 1989, prólogo de la exposición en la Galería Aldaba, Madrid.

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