Manuel Barreiro, «Paparolo», viene de un mundo muy elemental, muy antiguo y asimismo clásico. Isaac Díaz Pardo lo recuerda como «un viejo amigo ceramista vinculado al Seminario de Sargadelos desde hace más de veinte años». Pues bien, ese concienzudo quehacer es lo que justifica la importancia de la obra que presentaba allá por el 1987 en aquella exposición de la compostelana Casa da Parra llamada «Cerámica Gallega Actual. Tendencias». En un trabajo intitulado el artista nos muestra un magnífico repertorio de texturas ocasionadoras de luces y de sombras que animan toda una superficie que se testimonia viviente. Ahí está el valor elemental y antiguo de lo que se nos puede decir desde el barro.
Pero, como comentábamos, «Paparolo» también es clásico. Lo insinúa desde otro tipo de trabajo de la citada exposición de la Casa da Parra que tiene como título «Arquitecturas», toda una demostración de la valoración, con una acusada sensibilidad, del mundo antiguo yendo mucho más allá de lo que es una mayor o menor veracidad en el seguimiento formal representado por aquella época clásica.
Ya en 1992, en la colectiva «Volumes» (Casa da Parra, Santiago), este escultor nos muestra toda una serie de aproximaciones al hombre. Sus «homiños» son seres realizados en tierra cocida en los que hay una gran carga de anonimato y, también, de soledad vital. Y es que cuando el autor agrupa sus figuras, no encuentra entre ellas la menor capacidad de comunicación. Cada una está esforzada en el desarrollo de su propia preocupación, permaneciendo en un mundo descontextualizado, sin unha mínima referencia que haga posible situarlos en un tiempo y en un ligar, como si el escultor-ceramista nos quisiese ofrecer, simplemente, todo un repertorio de actitudes humanas en plena acción.
Su obra actual de 1993 es totalmente consecuente con el camino anteriormente andado en lo referente al análisis de la figura humana, tratada ahora, quizás con una mayor riqueza de matices. Lo más novedoso en su valoración de esta temática se encuentra, sobre todo, en su modo de localizar, precisamente, la figura en el espacio, cuestión a la que su autor le da ahora una clara importancia, mostrada incluso en el título de algunos de sus trabajos: «Figura sobre fondo amarillo» -aludiendo a la base que emplea- y «Figura en reposo» -teniendo en cuenta el apoyo que presta el hombre ahora efigiado- son ejemplos bien representativos al respecto.
Jose Manuel García Iglesias, (Catedrático de Historia del Arte de la USC), en ’10 visións da arte compostelá’, noviembre de 1993, crítica del la exposición en el Museo do Pobo Galego.
Manuel Barreiro, «Paparolo», viene de un mundo muy elemental, muy antiguo y asimismo clásico. Isaac Díaz Pardo lo recuerda como «un viejo amigo ceramista vinculado al Seminario de Sargadelos desde hace más de veinte años». Pues bien, ese concienzudo quehacer es lo que justifica la importancia de la obra que presentaba allá por el 1987 en aquella exposición de la compostelana Casa da Parra llamada «Cerámica Gallega Actual. Tendencias». En un trabajo intitulado el artista nos muestra un magnífico repertorio de texturas ocasionadoras de luces y de sombras que animan toda una superficie que se testimonia viviente. Ahí está el valor elemental y antiguo de lo que se nos puede decir desde el barro.
Pero, como comentábamos, «Paparolo» también es clásico. Lo insinúa desde otro tipo de trabajo de la citada exposición de la Casa da Parra que tiene como título «Arquitecturas», toda una demostración de la valoración, con una acusada sensibilidad, del mundo antiguo yendo mucho más allá de lo que es una mayor o menor veracidad en el seguimiento formal representado por aquella época clásica.
Ya en 1992, en la colectiva «Volumes» (Casa da Parra, Santiago), este escultor nos muestra toda una serie de aproximaciones al hombre. Sus «homiños» son seres realizados en tierra cocida en los que hay una gran carga de anonimato y, también, de soledad vital. Y es que cuando el autor agrupa sus figuras, no encuentra entre ellas la menor capacidad de comunicación. Cada una está esforzada en el desarrollo de su propia preocupación, permaneciendo en un mundo descontextualizado, sin unha mínima referencia que haga posible situarlos en un tiempo y en un ligar, como si el escultor-ceramista nos quisiese ofrecer, simplemente, todo un repertorio de actitudes humanas en plena acción.
Su obra actual de 1993 es totalmente consecuente con el camino anteriormente andado en lo referente al análisis de la figura humana, tratada ahora, quizás con una mayor riqueza de matices. Lo más novedoso en su valoración de esta temática se encuentra, sobre todo, en su modo de localizar, precisamente, la figura en el espacio, cuestión a la que su autor le da ahora una clara importancia, mostrada incluso en el título de algunos de sus trabajos: «Figura sobre fondo amarillo» -aludiendo a la base que emplea- y «Figura en reposo» -teniendo en cuenta el apoyo que presta el hombre ahora efigiado- son ejemplos bien representativos al respecto.
Jose Manuel García Iglesias, (Catedrático de Historia del Arte de la USC), en ’10 visións da arte compostelá’, noviembre de 1993, crítica del la exposición en el Museo do Pobo Galego.